2014(e)ko maiatzaren 14(a), asteazkena

La Orden de Aguilera

Mandamientos de la Orden de Aguilera

Un nuevo compañero



Nuestro compañero Otto von Bismarck falleció en los oscuros pasadizos subterráneos que se hallaban bajo el castillo de Wittgendorf, tras recibir un mortal ataque de un maligno ser mitad rata mitad humano.
Pudimos acabar con aquel gran Skaven mientras intentaba huir por el túnel que construyeron para llevarse el trozo de meteorito, pero no pudimos alcanzar a los demás para recuperar la roca.

Con el pueblo libre de Wittgenstein de la amenaza de los corruptos barones, decidimos darle sepulcro a Otto en una de las tumbas que habían sido profanadas bajo el templo de Sigmar por los oscuros seres que aniquilamos en nuestra primera visita. También devolvimos la espada Barrakul a Sigfried, su antiguo dueño, tal y como prometimos al cuerpo inerte del antiguo héroe.

Tras dirigirnos a Kemperbad, una zona más segura y donde se hallaba nuestro barco, Delezar y yo estuvimos horas deliberando hacia dónde debíamos dirigirnos ahora para dar fin al oscuro complot que se estaba llevando a cabo entre los adoradores del Caos, ya que por un lado, se encontraban pistas que apuntaban hacia Nuln, y por el otro lado, sabíamos que el Círculo Interior esperaba en Middenheim a Kastor y sus 20.000 coronas de oro.

Fue mientras dormíamos cuando nos despertó el ruido de un pico de animal golpeando la madera; se trataba de un cuervo negro, el cual tenía una nota atada al pie. Tras darle algo de maíz, procedimos a leer la nota, que provenía del maestro de Delezar. Al parecer, la Mano Púrpura lo vigilaba, y nos instaba a buscar a Hergard von Tassenick, quien podría tener las respuestas a nuestras preguntas. También nos advertía de no fiarnos de nadie.

Según los rumores que nos habían llegado, el príncipe von Tassenick fue emboscado en el Paso de la Dama Sombría, y se creía que había muerto, pues no había noticia alguna de él. Con la intención de verificar la información, antes de dirigirnos sin idea alguna al paso, hicimos una parada en Altdorf, lugar de residencia del príncipe, y preguntamos a la gente local y a sus sirvientes acerca del paradero del señor, obteniendo como respuesta lo que ya sabíamos.

Antes de partir dirección al paso, registré formalmente la honorable orden de templarios del Dragón de Aguilera, previo pago de los impuestos.
Contacté con un antiguo maestro de armas, el que aceptó la oferta de entrenar en el combate a aquellos huérfanos que enviase a Aguilera para formar la flagrante orden del Dragón de Aguilera, para librarlos de la vida de indigencia o maldad que estarían obligados de otro modo.
Sin embargo, no tuve tanto éxito a la hora de buscar un sacerdote que instruyese a aquellos jóvenes aprendices en el camino de la erudición, aunque a no tardar enviaré a alguien que haga de aquellas ratas de ciudad en verdaderos sacerdotes guerreros, que llevarán la palabra contra el Caos por todo el mundo.

Tras salir de Altdorf, remontamos Teufel arriba, haciendo una parada en Rottfurt, para escuchar lo que el pueblo llano contaba; al parecer, los combates entre los seguidores de Sigmar y de Ulric iban encrudeciéndose, y pudimos probar tal odio en primera persona, cuando encontramos a un apaleado sacerdote de Ulric atado en un árbol, todavía vivo.
Aun a sabiendas de que podía haber alguien vigilando, mi honor de caballero me obligó bajarme del barco y desatar al pobre hombre, momento en el que aparecieron aquellos que cometieron la barbarie, con la intención de lincharme a mí también, pero gracias a mis dotes persuasivas logré calmar momentáneamente los ánimos de aquella turba sedienta de sangre, y procedimos a seguir en nuestro camino a Ubersreik.
Se trataba de un sacerdote errante, que trataba convencer a la gente para que se uniesen a su fe, y que había sido capturado por los seguidores de Sigmar, amplia mayoría en aquella zona, quienes tenían intención de matarlo debido a la tensa situación en la que se encontraba la relación entre ambas creencias; tras aconsejarle que fuese a un lugar más tranquilo hasta que se acabase la discordia, fui obsequiado con un amuleto de Ulric como agradecimiento, pero dejó claro que él seguiría con su propósito. Así pues, nos despedimos del hombre, y su paradero y destino me son desconocidos aun.

En el camino a Ubersreik, también nos cruzamos con varios soldados con aspecto bastante lamentable, campesinos reclutas de Reikland que desertaron tras ver los horrores de Bögenhafen. Ofrecí a aquella gente la oportunidad ir a Aguilera para ayudar en lo que pudiesen, y dándoles ayuda para el viaje, me prometieron sinceramente que se encargarían de sembrar la comida para los novicios, fuera de las garras del Imperio.

Tras los acontecimientos descritos, llegamos finalmente a Ubersreik, último poblado en el curso navegable del Teufel. Antes de poder ver qué se cocía en aquel lugar tan cercano a Bretonia, un joven enano pelirrojo contactó con nosotros.
Se hacía llamar Floki, y era un herrero rúnico adepto de Karak Azgaraz, fortaleza enana restaurada, cercana al paso; nos dijo que podía ayudarnos, y nos enseñó una carta con el símbolo de las dos caras que portaban Aenur y Naugrim, por lo que decidimos que podíamos fiarnos de él, por el momento.
Tras estar charlando un rato en la taberna, vimos que una gran muchedumbre se amontonaba en una parte del pueblo, y nos dirigimos hacia allí, a ver qué ocurría.
Vimos cómo ajusticiaron a un hombre, acusado de haber sido socio de Teugen y partícipe en la destrucción de Bögenhafen; en una especie de palco, presidiendo el ajusticiamiento, encontramos al señor Ruggbroder, el anciano que se salvó de la destrucción de la ciudad gracias a nuestra insistencia en que abandonara la ciudad, dándole a conocer el peligro.
Cuando nos acercamos a él, nos saludó efusivamente, dándonos las gracias por la ayuda que le prestamos, y lamentando que no logramos evitar la destrucción de la ciudad. Hablamos con él acerca de la persona recién ejecutada, del porqué de su estancia en Ubersreik y de nuestro objetivo actual.
Al contarle que nos dirigíamos a la zona donde el príncipe von Tassenick fue emboscado, nos habló de cómo el comercio con Bretonia por el paso había sido interrumpido hace poco, y que si lográbamos saber qué había ocurrido y lo solucionábamos, pues estábamos plenamente capacitados para tales problemas, nos daría parte de los beneficios del comercio; ya que nos quedaba por el camino, olía a una aventura digna y tendríamos una recompensa generosa, aceptamos gustosamente la propuesta.
Así pues, buscamos un guía que conociese los parajes del Paso de la Dama Sombría, un tal Skunkpuf, y dejando el barco al cuidado del señor Ruggbroder, nos dirigimos hacia el sur, entre las temibles Montañas Grises.

En nuestra primera noche, fuimos testigos (u objetivos) de una maravilla, una obra de ingeniería enana, construida con conocimientos que se perdieron en tiempos oscuros: un gólem de piedra aun funcional.
Para no dañar semejante obra, evitamos el combate tanto tiempo como pudimos, e incluso Floki logró desactivarlo por un tiempo, pero cuando volvió a activarse y vimos que no podríamos huir de él, tuvimos que luchar contra ello con mucho pesar.
Fue un largo combate en los que intercambiamos espadazos, puñetazos y agarrones: trozos de rocas de su cuerpo saltaban por los aires con nuestros poderosos embates, pero el gólem no flaqueaba, y los halos azules que unían sus diferentes partes no perdían intensidad.
Tras un tiempo caímos en la cuenta de que hasta entonces habíamos estado partiendo roca, sin afectar en nada al estado del ser, pues su energía radicaba en aquellos halos azulados. Así pues, empezamos a dirigir nuestros ataques a aquellos puntos, hasta que tras un glorioso ataque, la montaña de rocas se derrumbó ante nosotros, poco antes de la llegada del alba.
Como recuerdo de tal formidable ser, tanto el enano como yo recogimos unas cuantas rocas inscritas con runas; quien sabe si la intención de Floki no es investigar en tales runas para devolver a los reinos enanos su antiguo resplandor.

Sean las intenciones de Floki las que sean, estoy seguro de que en estas montañas antiguamente habitadas por enanos será un compañero de gran ayuda, y no creo que le falte diversión, tal y como indican las cabezas de orcos estacadas que se pueden apreciar en ese asentamiento humano que tenemos delante.

2014(e)ko apirilaren 24(a), osteguna

El Cantar de Otto

En el último combate frente a los hombres rata, intentando evitar que ese mineral caótico cayera en malas manos, nuestros héroes demostraron de que estaban hechos.

Heridos, y viendo la derrota cercana, los skavens decidieron acabar desesperadamente con sus enemigos. Mientras que Dieter, caballero de la Orden de Aguilera (único miembro de la orden por ahora), y Otto el batidor se enfrentaban a las ratas del clan, el líder de la expedición decidió acabar con Delezar el umbramante.

Y lo habría logrado, doy fe de ello, si no fuera por nuestro líder de masas, nuestro querido comisario del pueblo, Otto. La daga del enemigo apareció entre las sombras, dirigida a asestar la herida mortal que acabaría con el mago. Pero el antiguo cochero, previó el movimiento del skaven y dejando atrás a sus contrincantes interceptó el puñal.

El Imperio se cobró una victima más, una alma anónima que engrosaría las filas de los sacrificados por su gloria. Otto no tendrá una tumba en ningún panteón, nadie lo recordará como el héroe que fue y se pudrirá en algún hoyo cercano al Reik. Otto salió de su Ostland natal en busca de aventuras y riquezas, dejó atrás su tranquila vida de cochero y cambió el carro por la espada. Y pagó el precio del hierro.

Tumbas Anónimas

Otto von Bismarck, batidor, ex-cochero: Muerto en combate (2.capítulo, Muerte en el Reik) por un jefe de garra.

Once more unto the breach

Once more unto the breach' - is from the 'Cry God for Harry, England, and Saint George!' speech of Shakespeare's Henry V, Act III, 1598.
The most celebrated rendition of the speech comes from Laurence Olivier's performance in the 1944 film The Chronicle History of King Henry the Fift with His Battell Fought at Agincourt in France, better known to the world just as Henry V.


7 de mayo del 2512,décimo año del reinado de Karl Franz I

Otto, Delezar y Dieter se prestaron para asaltar el castillo una vez más. Decididos se adentran por las mazmorras hasta dar con el patio interior. Los horrores que albergan el castillo son innumerables, y serán recordados por los supervivientes en cada uno de sus sueños. Ufdelnhar el caballero del Caos, Krakatz el minotauro, y el resto de los esbirros de los von Wittgenstein sucumbieron a los hachazos y hechizos de nuestros aventureros, que sin más remedio, luchaban solos.

Finalmente, encuentran a Kurt, el tercer hijo y a Indrid, la baronesa del castillo. Ambos se encontraban alejados del mundo, de la realidad. Las armas de nuestros héroes no se tiñeron de sangre, no merecía la pena. Sabían de buena mano, que la causante de que la baronía fuera una pesadilla viviente era Magritte, la hija mayor y heredera. ¿O no?

En su camino se encontraron con una antigua biblioteca, llena de tomos malditos, y entre ellos un pequeño diario, de Gothard von Wittgenstein, segundo hijo. Entre sus hojas averiguaron el culpable real:

* Errata: el año debería ser 2512

Así pues, de un plumazo nuestros aventureros ataron todos los cabos, o casi todos. Las tres sectas trabajaban juntas, aquellos que los buscaban por un dinero que nunca tuvieron eran los mismos que perpetraron la desgracia de Bogenhaffen. Etelka y Dagon eran otras piezas más en este rompecabezas. Y Gothard, lider de una de las sectas había huido, dejando a su hermanita protegiendo aquello que todos buscaban: La piedra bruja de su tatarabuelo, el infame Dagmar von Wittgenstein.

Con estas revelaciones se enfrentaron a la Magritte y su experimento no-muerto. No tardaron en dar cuenta de la nigromante, aunque la alegría duro poco.

El castillo comenzaba a temblar, como si de un terremoto se tratase y los protagonistas sospecharon que se trataba de los propios pilares del castillo. Bajaron una vez más hasta las mazmorras para toparse con hombres rata que estaban intentando robar la piedra bruja con una maquina infernal que socavaba los cimientos de la estructura. Sus insignias los desconcertó pues además del símbolo skaven, también lucían las ocho puntas del caos.  Los skavens fueron repelidos pero no lograron evitar el robo de la piedra bruja. Y la Baronía se cobró su última victima antes de convertirse en escombros.

2014(e)ko apirilaren 17(a), osteguna

Asalto al Castillo Wittgendord (retirada incluida)

7 de mayo del 2512, décimo año del reinado de Karl Franz I

Barrakul y el movimiento Occupy Wittgendorf

Nuestros intrépidos aventureros acordaron el plan con los forajidos del bosque. Ellos asaltarían el muro exterior desde el norte, mientras que Otto, Delezar y Dieter, acompañados por tres exploradores, se infiltrarían por la entrada secreta del castillo. Pero no las tenían todas consigo, nuestros valientes héroes temían por sus gaznates y no albergaban muchas esperanzas de salir indemnes del lance. Menos mal, que el recién auto-nombrado caballero Dieter había pensado en todo. Volvieron una vez más al antiguo santuario de Sigmar, donde gracias a su inquebrantable fe lograron hacerse con la legendaria espada Barrakul, azote de las montañas.

Con la espada en su haber, nuestros aguerridos viajeros se dirigieron a la plaza del pueblo, y con una mezcla de populismo, verborrea y palabrería digna de la mas sucia calaña parlamentaria lograron convencer a una veintena de campesinos, tan hambrientos que no pudieron pensar claramente, de acompañarles en un ataque suicida contra la puerta principal del castillo. Terminados todos los preparativos, ahora si, se dispusieron a jugarse el tipo.

Los Comisarios Políticos

La sangre, el humo, las lagrimas...Los forajidos asaltan las murallas, luchan ferozmente contra los guardias mutados del castillo y mueren por sus ideales. Nuestros héroes, escondidos en las sombras y entre la paja de los establos, cumplen con su parte; matar a un paje. Pero un héroe no se forja con éxitos mundanos, y deciden hacerse con el control del portón exterior. Tras una batalla encarnizada, superando al enemigo en 2 a 1, logran abrir las puertas, y los campesinos (tullidos, famélicos y enloquecidos por la piedra bruja) entran en tropel. Los forajidos van cayendo, y el trió, ve cada vez con más certeza la posibilidad de luchar realmente. Aunque, antes de tomar una medida tan desesperada, sacrifican los tres exploradores que los acompañaban, consiguiendo liquidar al teniente Doppler y al sargento Kratz, además de media docena de guardias. Exhaustos por tamaño esfuerzo, y viendo que los forajidos pronto serían superados por los guardias supervivientes, el carismático, el líder nato, Otto el cochero, encomienda a su hueste plebeya- Luchar! Cargar miserables, y sabed que si retrocedéis seré yo mismo quien os ensarte las cabezas!- Palabras inconmensurables que siglos más tarde adoptarían los valientes comisarios del ejercito kislevita del zar Stalinovich.

Muralla Interior y Retirada

Los plebeyos son aniquilados en las puertas de la muralla interior, asaetados, y quemados en aceite hirviendo por los guardias atrincherados en el portón. Los forajidos yacen pasto de los buitres en el patio. Nuestros aventureros consiguen levantar el puente levadizo que conecta las dos murallas del castillo, se infiltran por un pasadizo secreto hasta la fortaleza interior y hacen calculo mental. Inteligentes como son, se percatan de que en el mejor de los casos aun quedan 10 guardias en el interior y desechan la idea de labrarse un nombre. Tocan retirada. Es hora de lamerse las heridas y de convocar levas. Según Otto, aún podrían quedar otra veintena de campesinos en el pueblo para engrosar las gloriosas filas de su ejercito de la liberación.


Tres hurras por nuestros héroes, que Sigmar ilumine su camino.

2014(e)ko apirilaren 11(a), ostirala

Endogamia y canibalismo



La malvada hechicera Etelka Herzen murió desangrada, mordiéndose la lengua, sin que pudiéramos hacer nada para mantenerla viva y unirla a nuestra causa contra el caos tras  mostrarle que fue engañada, debido al lamentable estado en el que ya se hallaba tras el combate. De su cadáver recuperamos la último llave de forma tubular de la torre de señas donde trabajaban los enanos Reik arriba, y tomamos rumbo hacia allá con la intención de desvelar el secreto que guardaba aquella torre que estaba infestado de necrófagos, tras enterrar al druida que murió en combate y despedirnos de Naugrim Thorondor, que fue en persecución del huido.
Como ya es costumbre, no recibimos ningún agradecimiento en la zona por eliminar a aquellos adoradores del Caos, teniendo que pagar por el uso de las esclusas para seguir con nuestro camino. Tomamos un descanso en Kemperbad antes de llegar a la torre, y mientras deambulábamos por la ciudad Otto recibió una nueva carta de parte de un niño mensajero, dónde le exigían el pago de las 20.000 coronas de oro que debía Kastor Lieberung, ya fuese yendo el mismo a Middenheim, o esperando una semana, fecha en el que contactarían con él, junto al mechón de cabello que le arrancaron días antes.

Ignorando la petición, ya que ni contamos con 20.000 coronas, ni se las entregaríamos a nadie en caso de tenerlas, reanudamos el viaje hasta llegar a la torre, y tras un intercambio de saludos amistosos con los enanos, nos adentramos en la construcción subterránea e introdujimos la llave en el hueco sobrante, abriéndose el suelo bajo nuestros pies, conduciendo a otra sala; Delezar no pudo esperar, atraído por los objetos mágicos que podrían esconderse, y cayó directamente por el agujero en vez de desplazarse por las esquinas. Seguro que le dolió. Pero no más que no encontrar nada útil.
Investigando en la habitación recién hallada, encontramos notas antiguas de un hechicero que hablaban de la caída de un meteorito, y la intención de transportarla a Wittgendorf, a una cámara especialmente preparada para ello; aquel que lo transportó tenía la convicción de que con su ayuda se convertiría en la persona más poderosa del mundo. Sospechando del mal uso que le podría darse o se le daba actualmente, ya fuese por los herederos de aquel hechicero, o por gente como Etelka, la Corona Roja o la Mano Púrpura, y el recuerdo de Bögenhafen aun reciente, nos dirigimos a la aldea de Wittgenstein, en busca de aquella gran roca de disformidad.

Wittgenstein era una aldea que ya habíamos pisado con anterioridad para comprar limones, y aunque en su tiempo nos llamó la atención el aparente retraso mental de los aldeanos y la podredumbre que reinaba en toda clase de vida alrededor, cuando nos adentramos en la aldea y vimos que aquellos aldeanos, fruto de relaciones endogámicas durante años, se alimentaban de cadáveres humanos nos impactó gravemente.
Fue mientras tratábamos de convencer a aquellas personas de abandonar esos oscuros hábitos de una vez por todas cuando vislumbramos la bajada de una mujer vestida de blanco a caballo, acompañado de un pequeño séquito de guardias con armaduras de placas con los visores bajados, como si fuesen a la guerra. Este peculiar grupo se acercó a un aldeano, y lo llevaron al castillo, sin forcejear siquiera.
Extrañados, preguntamos a la gente qué había pasado: al parecer, una vez a la semana, Lady Margritte von Wittgenstein elegía a uno de los campesinos y lo llevaba al castillo, donde gozaba de una vida de comodidad durante el resto de su vida, librándose de la miseria que vivían en la aldea; los demás aldeanos se lamentaban de que no fueran elegidos, aunque nosotros, ya por experiencia, no nos creíamos esa versión de que se los llevaban para ofrecerles una vida mejor, sino que sospechábamos de algo más oscuro, donde que el aldeano era la comida de los habitantes del castillo era lo menos terrorífico.

Mientras Delezar y yo nos dirigimos al semiderruido templo de Sigmar, el herético de Otto fue hacia el bosque, con la intención de cazar algo para aquellos caníbales, y convencerlos de que dejaran de comer carne humana de esa forma; encontró vacas y cabras pastando en la cercanía del pueblo, donde la hierba era misteriosamente más brillante que de costumbre, y tras asegurarse de que nadie le veía, lanzó una flecha a una cabra, matándola en el acto. Cuando fue a recoger a la cabra para llevarla a la aldea, se dio cuenta de que aquella cabra, al igual que las demás, contaba con 2 cabezas. Por mucho que le impactase aquella mutación, al no tener que comer él la cabra, no mostró signos de verdadero asco al entregar a la cabra a los hambrientos aldeanos.
Cuando se dirigía hacia el templo, lugar abandonado hace tiempo cuyo estado Delezar y yo intentábamos mejorar, Otto fue alcanzado por Jean, doctor bretoniano y una especie de regidor de la aldea. Jean alcanzó una invitación a nuestro grupo para una cena con él, pero Otto, horrorizado por todo lo que encontró en la aldea, le increpó que él era el culpable del estado y las costumbres de los aldeanos, y se despidieron el uno del otro de manera bastante tensa, aunque con la invitación de la cena sobre la mesa.

Para cuando Otto se unió a nosotros en el templo de Sigmar, Delezar y yo habíamos puesto en orden la planta principal, y habíamos descubierto la historia del héroe Siegfried, fundador del pueblo, quien defendió la zona de ataques de seres del Caos con su legendaria espada Barrakul.
En busca de rastros del sacerdote de Sigmar del templo, nos adentramos en las criptas subterráneas de la construcción, para encontrarnos con 8 tumbas, de las cuales 7 habían sido profanadas, siendo robado lo que contenían y comido el tuétano de los huesos; en cambio, encontramos una tumba cerrada, cuya losa tenía rastros de que habían intentado abrirla una y otra vez por las marcas de arañazos, pero no lo lograron: se trataba de la tumba de Siegfried.
Pensando que un corazón puro y con intenciones nobles podría abrir la tumba, intentamos abrirlo y lo abrimos sin ninguna complicación, encontrando los huesos del héroe, junto a Barrakul envainada; pidiéndole la cesión de la espada temporalmente, hasta que librásemos de todo mal la aldea, tal y como hizo él en épocas pasadas, intentamos desenvainarlo de uno en uno, pero sin ningún resultado. Puede ser que no seamos merecedores de portarla, o que aun no había llegado el momento para volver a esgrimirla. Sea como sea, la dejamos de nuevo junto a su dueño.
Teniendo tomada la decisión de salir del pequeño recinto donde se encontraba la tumba de Siegfried, escuchamos unas voces que llegaban de las cavernas que se hallaban más al fondo en la cripta, hablando entre ellos acerca de si algunos habían venido de nuevo a tomar su comida, mencionando el castillo.
Al no saber a qué nos enfrentábamos, y al contar con una armadura de placas, al igual que los guardias que vimos por la mañana, me bajé el visor del casco y salí al pasillo, confiando en que no se atreverían a atacar a nadie del castillo, tal y como acerté por suerte.
Se trataban de humanos, o fueron en su día, que habían vivido en la oscuridad de las criptas durante años, y se habían amoldado a ella, convirtiéndose en seres de piel y hueso que se arrastraban en la oscuridad. Mostraron intención de comerse a Delezar y a Otto al no llevar el traje de acero del castillo, pero logré engañarlos hasta que tomamos una posición ventajosa para el ataque, y eliminamos a aquellas abominaciones.

Habiendo anochecido casi para cuando salimos de las criptas, nos retiramos a los camarotes del barco, a descansar. Por la mañana nos despertó un ruido, y al ir a ver qué ocurría, nos encontramos con algunos guardias del castillo junto a un capitán, quienes tenían intención de embargar nuestro barco, por no haber pagado las tasas de amarre.
Les explicamos que nadie pidió nada por amarrar el barco, ni que había un lugar acomodado para dignarse a cobrar por ello, pero que aun y todo estábamos dispuestos a pagar, palabras a las que no hicieron caso, e insistieron en su intención de robar nuestro barco.
Antes de que pudiesen hacer nada, retiramos la escala de subida al barco, y nos fuimos de allí, dejando atrás con los gritos que decían que no volviésemos a ir, cosa que íbamos a desobedecer, pues esa aldea necesitaba una purificación del Caos que reinaba. Por cosas como ésta nos lamentamos de no haber instalado un cañón en el barco.

Atracamos el barco en Kemperbad, donde pagamos los gastos de amarre de todo un mes, y de manos de un sacerdote de Sigmar logré un amuleto que daba buena suerte a su portador, para evitar los peligros en los que nos íbamos adentrar.
Diciendo adiós al barco, nos dirigimos en nuestros caballos de vuelta a Wittgenstein, dejándolos a cierta distancia de la aldea, para pasar desapercibidos.

Nada más llegar, una joven madre nos pidió que ayudásemos a su hijo, quien había enfermado tras darle el aguardiente del doctor, remedio que usaban para evitar una enfermedad que asolaba la aldea. Al ver al niño, decidimos ir lo antes posible a ver al doctor Jean, pues el niño tenía patas de araña que salían del vientre, entre otras mutaciones del caos.
Buscamos al doctor por toda la casa, pero no acertamos con él a la primera.
En su despacho encontramos cartas que había escrito para Lady Margritte, por las que supimos que sufría una fascinación por ella, y que ella le proporcionó un material para la elaboración del aguardiente. En la busca de Jean, también encontramos a un hombre gigante y tonto que estaba destilando el aguardiente en una choza de madera; tras hablar con el hombre derrumbamos la choza desde fuera, para que no pudiese destilar más aquella bebida mutágena.
Encontramos al doctor en el sótano de su casa, despedazando un cadáver humano. Le increpamos lo que estaba haciendo y lo de las mutaciones, pero cuando dijimos de ir arriba para hablar, lanzó unas sanguijuelas que tenía en un bote a la cara de Otto, cuales penetraron la piel de Otto y quedó desfigurado por cicatrices tras la extracción que practicó Delezar, y huyó por un túnel que se encontraba en la habitación; intenté perseguirlo, pero tuve que desistir a un tiempo, pues el peso de la armadura era excesivo para correr tras él.
Gracias a su buena orientación, Otto dedujo que el camino iba hacia el templo de Sigmar, así que fuimos hacia allí para interceptarlo, pero vimos que la gruta proseguía más aun. Seguimos la ruta hasta llegar al cementerio, y guiados por las huellas que Jean no trató de evitar hacer, nos adentramos en un mausoleo. Mirando los nichos pudimos averiguar en cual se escondió, y lo sacamos de allí, para que confesase de sus crímenes.
De su boca supimos que meses antes ocurrió una extraña tormenta en la que hubo lluvia de color oscuro, que dejó todo más estéril aun de lo que antes era y los aldeanos quedaron sin ninguna vitalidad, y que fue gracias al aguardiente que le enseñó a hacer Lady Margritte, con un ingrediente secreto, por el que los aldeanos recuperaron parte de su vitalidad. Le preguntamos acerca de si ese material era la piedra bruja, y si estaba al tanto de las mutaciones que provocaba, y sostuvo que era un precio que él estaba dispuesto a asumir, por lo que lo encerramos de nuevo en el nicho, atado, hasta que volviésemos, y fuimos a reunirnos con la madre de la criatura mutante, para darle una muerte rápida sin que la madre supiera, ya que no había ni cura ni posibilidad de supervivencia ya.

En los linderos del bosque nos hizo señas una mujer, quien a diferencia de la gente de la aldea, no mostraba ninguna anomalía; nos contó que ella formaba parte de aquellas personas que huyeron al bosque para escapar del horro de la aldea, y que tendríamos su ayuda para derrocar a los Wittgenstein de su fortaleza.
Así, la seguimos por el bosque, logrando evitar a los guardias del castillo que patrullaban en nuestra busca gracias a las ilusiones de Delezar, y en una zona donde la influencia oscura del castillo no parecía afectar debido al buen estado de la vida vegetal allí, nos encontramos con una sacerdotisa, quien había tomado el papel de líder para aquella gente sin esperanza.
Nos mostró una posible entrada secreta que podía haber al castillo, a través de una cueva, y nos prometió que si lográbamos descubrir que realmente conducía al castillo, nos ayudarían con el ataque a Wittgendorf.
Ni cortos ni perezosos, partimos hacia la cueva. Allí encontramos murciélagos gigantes, montones de setas venenosas, un riachuelo que parecía dirigirse al pozo de agua del castillo, un ser con ventosas que atacaba en la oscuridad (al cual aniquilé), y también localizamos una trampilla que se dirigía al patio dentro de los muros exteriores del castillo.
Habiendo cumplido lo que nos habían asignado, volvimos a la pequeña aldea del pueblo, a dar a conocer nuestros descubrimientos.

Ahora toca diseñar un plan de ataque que servirá para salvar a la aldea de Wittgenstein de la influencia caótica del meteorito y de sus dueños. Para ello, no dudaremos en envenenar el pozo de agua del castillo desde la cueva, esparciendo el veneno de las setas venenosas que hay en la cueva en el riachuelo subterráneo, ni provocar una revuelta campesina contra sus señores, hablando de la buena vida que llevan en el castillo mientras ellos están condenados al hambre y a las enfermedades.
Para provocar la revuelta, la ayuda de la espada Barrakul, que una vez protegió la aldea de las fuerzas del caos, sería de gran ayuda, pues si no son unos ignorantes completos, la espada de su héroe local debería infundirles confianza. Tal vez ahora sea la hora de empuñarla por una buena causa.